Servir al Señor es un privilegio; descansar en Jesús, en su amor, gozarse cada día más en la presencia del Espíritu Santo y su dirección.
El regocijo está en permanecer en el lugar donde el Señor te plantó. Como árboles arraigados, con raíces profundas; como palmeras del Líbano que, aunque soplen los vientos, permanecen firmes. Así somos los que verdaderamente confiamos en Jehová: árboles de justicia, plantío de Jehová, junto a corrientes de agua, cuya hoja nunca cae y todo lo que hacen prosperará.
Isaías 61:3: “…y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya.”
Salmo 1:3: “Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.”
Eres un plantío verde, con sus raíces junto a las corrientes del Espíritu Santo, que permanecen y dan fruto.
1 tesalonicenses 2:5–7 “Porque nunca usamos de palabras lisonjeras, como sabéis, ni encubrimos avaricia; Dios es testigo; ni buscamos gloria de los hombres; ni de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo. Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos.”
La belleza de una vida rendida a Cristo no está en recibir la gloria de los hombres, sino en permanecer arraigados donde Dios nos plantó, sensibles a Su voz y dando fruto para Su gloria.
Oración:
Señor, renueva un espíritu recto dentro de mí y dame un corazón tierno; un corazón de carne, sensible a Tu presencia y a Tu voz. Sigues siendo mi fundamento. Llévame de Tu mano y guíame a toda verdad hasta el día de Tu manifestación y venida a la tierra, o hasta que yo parta y descanse en el paraíso. Amén.